La estrella
Hay tres mil anos-luz hasta el Vaticano. En otro tiempo creí que el espacio no tendría poder sobre la fe, tal como creí que los cielos proclamaban la gloria de la obra divina. Ahora que he visto una parte de esta obra, mi fe se siente gravemente turbada. Contemplo el crucifijo que cuelga en mi camarote, sobre el ordenador Tipo VI y, por primera vez en toda mi vida, me pregunto si no será nada más que un símbolo vacío. No se lo he contado aún a nadie, pero la verdad no puede ocultarse. Los datos están aquí para que cualquiera pueda leerlos, grabados en los incontables kilómetros de cinta magnética y en los millares de fotografías que traemos de regreso a la Tierra. Otros científicos podrán interpretarlos tan fácilmente como yo. Posiblemente con mayor facilidad. Yo no soy de esos que están de acuerdo con los manejos de la Verdad que a menudo le dieron a mi Orden un mal renombre en los viejos tiempos. La trip...